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Petro salió de Bogotá y De la Espriella asumió en Cali sin encontrarse. Un análisis sobre algoritmos, medios y la transición presidencial en Colombia. Incluye ideas clave.

Corte de información: 7 de agosto de 2026.
Hay una vieja fantasía televisiva sobre la democracia: dos presidentes, una puerta, una banda presidencial, un apretón de manos y una fotografía capaz de resumir el cambio de poder.
El 7 de agosto de 2026, Colombia no tuvo esa escena.
Gustavo Petro salió del Palacio de Nariño, en Bogotá, mientras Abelardo de la Espriella asumía la presidencia en Cali, ante el Congreso y varias delegaciones internacionales. No hubo encuentro presencial entre ambos. No hubo despedida. No hubo la imagen compartida que normalmente permite que un país entero sienta que está viendo el mismo acontecimiento.
La posesión se trasladó a la Arena de la Universidad Santiago de Cali y posteriormente fue dividida entre distintos escenarios, incluido el Batallón Pichincha. La cobertura en vivo de El País documentó la salida de Petro en Bogotá, la ceremonia en Cali y la ausencia del presidente saliente, mientras que Associated Press explicó que el cambio de ciudad buscaba enviar una señal política y de seguridad.
La Agencia EFE la describió como la primera posesión presidencial realizada fuera de Bogotá. Conviene no llamarla “la única vez” en la historia de Colombia sin una revisión histórica específica. Lo que sí está documentado es la rareza del momento: dos presidentes, dos ciudades y ninguna fotografía de entrega.
La novedad no es únicamente protocolaria. Es comunicativa.
Colombia está viviendo una transición presidencial sin una escena única. Y cuando desaparece la escena común, el algoritmo comienza a ordenar la realidad por nosotros.
Una posesión presidencial es un acto jurídico, político y simbólico. El acto jurídico establece quién gobierna. El acto político muestra las fuerzas que acompañan al nuevo mandatario. El acto simbólico produce una imagen de continuidad, incluso cuando existe una profunda diferencia ideológica.
En Cali, la nueva administración construyó su propio escenario: una universidad, consignas patrióticas, invitados internacionales y una posterior aparición ante las Fuerzas Armadas. En Bogotá, Petro produjo otra imagen: la salida del Palacio de Nariño junto a su familia y colaboradores cercanos.
La transición, por tanto, no ocurrió en un lugar. Ocurrió en varios.
También apareció una tercera escena: la de la oposición. El Pacto Histórico no asistió a la ceremonia y sus dirigentes promovieron actos de protesta en distintas ciudades, entre ellas Barranquilla, Bogotá y Cali. En el mismo día convivieron la posesión oficial, la despedida del presidente saliente, la movilización de los opositores y la cobertura permanente de los medios.
Cada una de esas escenas puede convertirse en un video de quince segundos, un titular, una transmisión en directo, una captura de pantalla o un mensaje reenviado por WhatsApp.
La fotografía que no ocurrió terminó siendo, precisamente, el principal acontecimiento visual.
Durante la campaña y después de la elección, el término “algoritmo” comenzó a utilizarse para describir fenómenos distintos.
Hay, por lo menos, tres algoritmos en esta historia:
| Tipo de algoritmo | Qué organiza | Riesgo de confundirlo |
|---|---|---|
| Algoritmo electoral | El procesamiento y la transmisión de resultados | Convertir una sospecha política en una acusación técnica sin pruebas |
| Algoritmo de recomendación | Los contenidos que aparecen en cada pantalla | Confundir visibilidad con verdad |
| Algoritmo social de la atención | Lo que las personas comentan, comparten y convierten en tendencia | Premiar la furia, el miedo y la certeza tribal |
Gustavo Petro cuestionó los resultados electorales y habló de posibles irregularidades relacionadas con sistemas de cómputo, votos en el exterior y herramientas digitales. La Presidencia publicó sus declaraciones sobre esas sospechas.
Pero las autoridades electorales rechazaron que existiera una base técnica para desconocer los resultados. La Registraduría informó que las versiones que cuestionaban el escrutinio no tenían sustento técnico. La Misión de Observación Electoral de la Unión Europea describió el conteo como ordenado y transparente, y señaló que cerca del 97 % de los resultados se comunicó durante la primera hora posterior al cierre de las urnas.
Según ese informe preliminar, Abelardo de la Espriella obtuvo el 49,66 % del preconteo frente al 48,70 % de Iván Cepeda, con una participación del 63,6 %.
Esto no elimina automáticamente la desconfianza de una parte de la población. Pero sí obliga a distinguir entre una acusación sobre el conteo electoral y el funcionamiento de los sistemas que deciden qué vemos en internet.
No es lo mismo preguntar si un voto fue contado correctamente que preguntar por qué un video apareció cinco veces en nuestro teléfono.

Las plataformas no funcionan como un periódico nacional con una portada idéntica para todos. Cada una personaliza la experiencia.
Meta explica que sus sistemas de inteligencia artificial intentan predecir qué contenidos pueden resultar valiosos para cada usuario y utilizan señales como las interacciones, los contenidos compartidos, el comportamiento previo y las respuestas de los usuarios.
TikTok señala que su sección “Para ti” considera interacciones, comentarios, videos compartidos, sonidos, etiquetas, información del video y el tiempo de visualización. La plataforma reconoce, además, que una personalización excesiva puede producir espacios cerrados de información.
YouTube también utiliza señales como el historial de reproducción y búsqueda, las suscripciones, los “me gusta”, los rechazos, el tiempo de visualización y las encuestas de satisfacción.
Ninguna de esas plataformas formula la pregunta esencial de una democracia: “¿Este contenido es verdadero?”. Su función principal es calcular qué puede interesar, retener o provocar una reacción.
Por eso, un video que muestra a Petro abandonando el Palacio de Nariño puede competir en la misma pantalla con un fragmento de la posesión en Cali, una denuncia de fraude, una protesta en Barranquilla o una frase patriótica pronunciada durante la ceremonia.
El algoritmo no necesita comprender la historia completa. Le basta con detectar que un fragmento produce atención.
Y la jornada de hoy está llena de fragmentos emocionalmente intensos: la ausencia, la ruptura, la sospecha, la protesta, la seguridad, el patriotismo y la disputa por la legitimidad.
No hace falta que una plataforma censure una versión de los hechos para que la sociedad se fragmente. Basta con que cada persona reciba una selección distinta de los acontecimientos y termine creyendo que su selección representa la totalidad.
La cobertura periodística tampoco está ocurriendo en un solo lugar.
El País informó que más de 600 periodistas fueron acreditados para cubrir la posesión y que la operación se dividió entre los diferentes escenarios de Cali. Su redacción también desplegó equipos en Bogotá y Cali, mientras distribuía la cobertura mediante su página en vivo, redes sociales, boletines y WhatsApp.
Esto muestra una transformación importante: los medios tradicionales ya no publican una noticia terminada. Publican una secuencia de actualizaciones, videos, fotografías, titulares, alertas y explicaciones.
El medio sigue cumpliendo una función de verificación, pero también produce el material que después circula fragmentado por las redes.
Un titular puede ser leído sin el artículo. Una fotografía puede circular sin el pie de foto. Un video puede alcanzar miles de reproducciones sin que nadie sepa cuándo fue grabado. Una transmisión puede ser recortada por un usuario y reutilizada como prueba de una interpretación política.
La Misión de Observación Electoral de la Unión Europea ya había advertido durante la campaña que la cobertura mediática colombiana estuvo atravesada por la polarización y por intentos de desinformación desde distintos sectores. También observó diferencias entre medios privados y medios estatales en el tiempo, el tono y el tratamiento concedido a los candidatos.
Esto significa que el algoritmo no inventó la polarización colombiana. La recibió.
Lo que hace el algoritmo es acelerar la circulación de esa polarización, convertirla en métricas y distribuirla de acuerdo con la conducta de cada usuario.
No existe hoy una única manera de conocer la transición presidencial.
Algunas personas la reciben mediante los canales oficiales del Congreso, la Presidencia y la Registraduría. Otras siguen una transmisión periodística en directo. Otras llegan al acontecimiento a través de un video corto, un comentario de un creador de contenido o una cadena de WhatsApp.
También están quienes conocen la jornada desde la calle: una protesta, una concentración política, una consigna o la experiencia de quienes se encuentran en Cali, Barranquilla o Bogotá.
El resultado es una transición distribuida en capas:
No tenemos una encuesta nacional que permita afirmar qué porcentaje de ciudadanos se informó hoy por cada canal. Pero la estructura visible de la cobertura permite inferir algo: Colombia no está viendo una sola posesión presidencial. Está viendo miles de versiones personalizadas de la misma jornada.
Una persona puede recibir primero la salida de Petro. Otra puede ver la llegada de los presidentes invitados. Otra puede encontrarse con una protesta. Otra puede recibir una denuncia de fraude. Otra puede ver únicamente el discurso del nuevo mandatario.
Todas pueden afirmar que vieron “la posesión”.
Y todas pueden estar hablando de escenas diferentes.

En una política dominada por la imagen, no presentarse también comunica.
La ausencia de Petro puede ser interpretada por sus seguidores como una forma de no legitimar lo que consideran un proceso cuestionable. Para sus opositores, puede aparecer como una ruptura de las reglas simbólicas de la democracia. La elección de Cali puede leerse como una descentralización del poder, una señal de seguridad o una estrategia para construir una identidad política distinta a la de Bogotá.
Ninguna de esas interpretaciones vive aislada. Todas compiten por convertirse en la explicación dominante.
La dificultad está en que el algoritmo tiende a favorecer las interpretaciones que provocan una reacción más rápida. La explicación institucional suele ser lenta. La acusación es inmediata. La fotografía de un protocolo requiere contexto. La imagen de una ausencia puede convertirse en un símbolo en segundos.
Por eso, la pregunta central no es solamente qué ocurrió, sino qué versión de lo ocurrido logra viajar más lejos.
En una jornada como esta, la responsabilidad no puede recaer únicamente en los medios o en las plataformas. También exige una disciplina mínima de los usuarios.
Antes de compartir un contenido político conviene hacer tres preguntas:
La necesidad de contrastar no significa consumir todas las versiones como si fueran igualmente válidas. Significa separar el hecho de la lectura política que alguien hace sobre ese hecho.
El poder sí cambió de manos en Colombia. La imagen que debía resumir ese cambio no ocurrió.
Y cuando una imagen no ocurre, el algoritmo no se queda en silencio. Llena el vacío con fragmentos: una salida, una ceremonia, una protesta, una frase, una denuncia, una bandera o un rostro.
El verdadero desafío democrático no consiste en encontrar un supuesto feed neutral. Consiste en reconstruir una realidad común a partir de contenidos que llegan separados, acelerados y personalizados.
Colombia tuvo dos ciudades, varios escenarios y múltiples relatos para contar el mismo cambio presidencial. Puede convivir con esa diversidad de miradas.
Lo que no puede permitirse es que cada ciudadano termine viviendo en una versión distinta de los hechos básicos sobre cómo llegó el poder a sus manos.